Deseos a punto de explotar

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Estaba en los pies de la cama mientras él dormía. Se había pasado la noche deseando sentir de nuevo su tacto, pero después de lo bien que se había portado con ella, se merecía el descanso. En su primera noche ya supo que él no era como los demás, por la delicadeza y el mimo con que la trató. Nada que ver con todos esos hombres que solo buscaban penetrarla sin cariño alguno, y solo la veían como un objeto.

Primero le besó las cicatrices de antiguas relaciones, después le acarició el pelo y la cara, como si fuera una niña pequeña, para luego seguir por el resto del cuerpo. También se recreó en sus pechos como los otros, pero los amasó con ternura, sin dañarla. Después fue bajando hasta acabar allí donde todos empezaban. Al notar su mano nerviosa hurgándola, intentó estar más caliente para él, pero no supo hacerlo. Tampoco hizo falta porque enseguida notó cómo su pene crecía y entraba por cada uno de sus orificios.

Por un momento creyó que explotarían juntos, pero cuando notó que él había acabado, y la apartó a un lado, fue la muñeca más feliz del mundo. Por primera vez, desde que había sido diseñada, había conseguido que se derramaran en ella sin haber explotado, y sin que un centímetro de su látex se hubiera visto dañado.

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En compañía

En compañía

Cada mañana se levanta, se viste y sale a comprar el periódico. Después en el bar de siempre desayuna un café, comenta los titulares con el camarero y se marcha a buscar alguna obra. Le encanta observar cómo las grúas crean de la nada esas moles de viviendas, pero sobre todo le gusta discutir con sus compañeros de valla los aspectos técnicos de cada construcción. Al mediodía vuelve al bar y toma algún tentempié, mientras charla con sus vecinos de mesa. Por la tarde se sienta en el banco de la plaza e intenta arreglar el mundo. Al anochecer vuelve resignado a la soledad de su casa, toma leche o una pieza de fruta y hace tiempo hasta acostarse. Entonces con un “hasta mañana” se despide de los extraños que le acompañan. Alguna vez su nuera, otras su hijo, las menos su nieto, le responden con las mismas palabras.

(149 palabras)

La memoria del abuelo

Soledad

Cada noche la policía municipal le llevaba a casa porque de nuevo había olvidado el camino de vuelta. Mientras que su familia le esperaba asustada, convencida de que el Alzheimer ya había ganado la batalla, el anciano llegaba aterrado suplicando que no descubrieran que su cabeza estaba perfectamente.

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